jugar

 

 

 

Vivimos en una sociedad acelerada. Nos pasamos el día corriendo, intentando conciliar trabajo y familia, trabajo y amigos, trabajo y tiempo libre. Nos hemos convertido en grandes contorsionistas de la conciliación, y no siempre con éxito. Más bien al contrario. Creemos que controlamos el tiempo y es el tiempo —la falta de tiempo— lo que nos descontrola a nosotros, y a todo cuanto gira a nuestro alrededor (especialmente la familia). El problema, quizá, es el exceso de preocupaciones que nos impone la vida; aunque hay quien piensa que no es más que una simple cuestión de prioridades. Ya lo decía John Lennon: la vida es eso que pasa mientras estás ocupado en hacer otros planes.

Por eso, el descanso, la desconexión, los momentos compartidos son necesarios para mantener un equilibrio. Ese lujo moderno al que llamamos ‘tiempo libre’ y que, en el fondo, no es tan caro como pensamos. Cuestión de prioridades. Lo primero, alargar ese tiempo todo cuanto sea posible. Y cuando no se pueda alargar más, ENSANCHARLO. Enriquecerlo. Optimizarlo, para entendernos. No existen fórmulas mágicas, pero sí algunas claves. Por ejemplo, el tiempo compartido con los hijos. Ese sí que es un tiempo optimizado, bien aprovechado a cada segundo; y absolutamente enriquecedor.

Los expertos en Pedagogía del Ocio lo tienen claro: La forma más estimulante de conectar con nuestros hijos es compartir momentos de diversión y bienestar. Es, posiblemente, nuestra mayor aportación a su educación. El tiempo que los padres empleamos en acercarnos a la vida de nuestros hijos, a compartir sus momentos lúdicos, es fundamental para el desarrollo emocional y equilibrado del niño.

Debemos aprovechar para abrir nuevas vías de comunicación con ellos, y también de aprendizaje. Escuchando su opinión, sus preferencias y necesidades, planificando juntos las actividades de ocio ellos maduran, se sienten importantes y aprenden a ceder. Y nosotros podemos continuar nuestra labor educativa de forma más relajada y, sobre todo, más atractiva. Además, fortalecemos los lazos familiares, compartimos nuevas experiencias y, lo más importante, disfrutamos de la mutua compañía.

Y si además el plan tiene un algo especial, un pequeño plus, se multiplica la efectividad. Una tarde en el zoo o en el parque de atracciones, una escapada rural en familia, una jornada de aventura, una visita al museo, una buena peli con palomitas o una cena familiar en su restaurante favorito se convierten en una experiencia mágica e inolvidable. Para ellos y para ti.

Jugar con nuestros hijos es un asunto muy serio. Y muy enriquecedor. Ellos lo necesitan tanto como nosotros, aunque a veces no nos demos cuenta o pensemos que no tenemos tiempo. Pero ya que este tiempo libre es un bien tan escaso, aprovechémoslo al máximo, saquémosle todo el jugo. Seguro que vemos la vida de otra manera.

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